domingo, 7 de octubre de 2012

Una líder kallawaya

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Wara Vargas / Página Siete
Wara Vargas / Página Siete
A pesar de la gran responsabilidad de su cargo, Elisa es un chica jovial y alegre.
Elisa Vega pertenece a la cultura kallawaya del pueblo de Amarete, casi en la frontera con Perú. Con apenas 28 años, y parece aún más joven, dirige la unidad de despatriarcalizacion del Viceministerio de Descolonización. Fue la integrante más joven de la Asamblea Constituyente cuando se redactó el texto de la nueva Constitución Política del Estado. No va a trabajar de falda, saco y cartera: su vestimenta es la de una mujer kallawaya.

“¿Para qué y de qué tipo de entrevista se trata?” , quiso saber antes de iniciar una conversación con Miradas. “Nos gusta entrevistar a gente interesante”, le explico. “¿Y yo soy interesante?”, pregunta, encogiéndose de hombros. “Bueno, vamos”, dice finalmente con una sonrisa.

Que funcionarios del actual Gobierno lleven vestimenta indígena tradicional es un hecho común en nuestros días, casi un cliché. Pero en Elisa no se percibe ninguna actitud forzada. Hay algo en sus gestos, cuando se pone su manta y el sombrero, cuando acomoda su bolso, que revela reverencia y orgullo.

La cultura kallawaya se caracteriza por una relación íntima con la naturaleza, con la tierra. Aquellos individuos que son llamados a ser sabios se convierten en médicos naturistas, pero en el Jathun Ayllu del que proviene Elisa, quien más quien menos, conoce las propiedades curativas de las plantas. El idioma tradicional de esta cultura es el machajuyai.

Sabiduría femenina

La colonización para los kallawayas empezó mucho antes de la Colonia española; por eso, en la vida cotidiana, los habitantes de Amarete hablan aymara o quechua y también castellano. El machajuyai se utiliza durante las ceremonias rituales y a la hora de curar algún mal o enfermedad.

“También es una forma de medicina, como una conexión. El machajuyai establece una relación con la Madre Tierra. Actualmente, las abuelas están usando este idioma porque tiene un poder en la relación con el cosmos”, explica Vega, quien cuenta que en tiempos antiguos las mujeres eran las principales depositarias del conocimiento de la medicina kallawaya. Los hombres, en cambio, cumplían la función de difundir la medicina; la llevaban a otros pueblos y comunidades.

“Pero quienes conocían todo acerca de las hierbas y plantas, la manera de reconocerlas y la forma en que se debía hacer la cosecha, eran las mujeres. No todas las plantas son medicinales. Generalmente se identifican como macho y hembra. Mayormente, las plantas hembra son las que sirven como medicina. Las mujeres se encargaban de la casa, del cuidado de los hijos y también de las plantas”, afirma Elisa.

Los kallawayas aprenden a relacionarse y a curarse con las plantas desde la niñez. “Mi tierra es un valle, estamos en medio de los cerros, de las cordilleras. Cuando uno tiene un resfrío, una cortadura, una herida o alguna infección, tiene que saber curarse. Uno busca una planta y se sana. Es un aprendizaje, porque no hay hospital ni doctor y cada uno es su propio médico. En el campo, a veces estás sola en la loma y tienes que saber qué hacer cuando tienes, por ejemplo, una luxación; cuidar tu salud es una necesidad”, explica.

Pero la medicina kallawaya no solamente se ocupa del cuerpo físico, sino también de las energías, del ajayu y de presencias que no se ven.

“Vivimos en un lugar sagrado, de plantas que son sagradas, y en este espacio se manejan las energías. Uno tiene que sanar su cuerpo y también su espíritu. Una vez que uno se accidenta y se asusta tienen que curarle su ajayu y su cuerpo”, afirma y menciona que la medicina de su pueblo también se ocupa de conflictos psicológicos como la depresión.

“En este caso es muy importante la música; los khantus, que son melodías terapéuticas. Cada región tiene su propio tono y, si se hacen las combinaciones correctas, se encuentra la sanación del estrés o de algunos problemas psicológicos”, asegura esta mujer kallawaya.

El llamado de la naturaleza

No cualquiera puede aspirar a ser un sabio o sabia kallawaya.

La premisa inicial es haber sido tocado por un rayo y haber sobrevivido, o traer una marca especial, por ejemplo un dedo más en la mano o en un pie o cualquier otra marca particular o distinta.

Elisa vino al mundo con una señal de la naturaleza. Aunque prefiere no mencionar qué tipo de marca es la suya, afirma que sí le dijeron que ella podría llegar a convertirse en sabia. Sin embargo, esa marca natural no es suficiente. Los médicos y sabios eligen a sus discípulos. “No es algo que uno va a pedir. Eso algo que se da y te buscan”, dice.

Elisa Vega estudió enfermería, pero la curación más sorprendente que vio fue en Amarete, cuando, hace años, su tío tuvo un accidente automovilístico. Su pueblo ha sido completamente olvidado durante centurias. Aun hoy, su economía se basa fundamentalmente en el trueque, el intercambio de productos.

Cuando su tío sufrió el accidente, “no había plata ni hospital ni nada”, recuerda. “Él tenía fractura expuesta, el hueso se estaba saliendo en astillas por todo lado. El hueso estaba en pedazos y yo pensé que nunca se iba a curar, que se iba a morir, pero mi abuela dijo que no. En ese tiempo teníamos muchas plantaciones de azucenas que se usan para ciertos tipos de fiestas y algunos bailes. Mi abuela fue a traer azucenas y las molió junto con otras plantas y después trajo unos palos y amarró la pierna de mi tío. La pierna se sanó rápido, uno cree que una fractura como ésa es para el quirófano y que no se puede sanar sin tornillos. Ese aprendizaje que tuve con mi abuela me ha enseñado mucho y me ha admirado mucho. Mi tío todavía está vivo y camina normalmente”, cuenta.

En 2003, la cultura kallawaya fue declarada Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad por la Unesco; el machajuyai está reconocido como idioma de una de las 36 naciones que existen en Bolivia. A partir de entonces, la nación kallawaya ha adquirido una mayor visibilidad, pero cuando Elisa era niña, Amarete estaba abandonada por el Estado.

Recuerdos para olvidar

“Cuéntame de tu infancia en Amarete”, le pido a Elisa.

“Estuve junto a mi familia hasta los siete años. Pero por la cantidad de hermanos que éramos y a causa de los problemas familiares que teníamos, fui entregada a una señora que tenía una hacienda, para trabajar. Vivíamos con poca comida y poca ropa. La discriminación era muy fuerte y también la violencia. Había una diferencia entre los hijos del patrón y los hijos de los indígenas. Pero todo eso también me ha servido como reflexión y para estudiar, pero también para empezar a organizar a mujeres y a los hermanos para reflexionar y visibilizar que no estábamos viviendo bien”, dice.

¿Y quién se quedó contigo, quién te cuidaba si sólo tenías siete años?, cuestiono. “¿Cuidarme?”, pregunta desconcertada. “Yo era una trabajadora ahí. Yo era la que cuidaba. Los hijos del patrón tenían una niñera. Sí había gente adulta, pero estaba para vigilarme y para hacer un seguimiento a mi trabajo, si estaba bien o mal hecho”, contesta. Pero, siendo tan pequeña, ¿nadie se ocupaba de que estés bien?, insisto y Elisa permanece callada. De repente murmura algo, pero después aprieta los labios y llora. “No quiero hablar”, dice. “Nadie me había preguntado por mi niñez, sí sobre mi liderazgo, pero no sobre mi niñez. Quería olvidar mi niñez”, afirma tras un largo silencio.

A pesar de todo lo vivido, Elisa no cree que la familia de la hacienda haya sido malvada. “Yo creo que no eran malos, era un rol que ellos desempeñaban que ha sido traído desde España. Para ellos éramos unos salvajes. Estaban cumpliendo algo que les han dejado sus antepasados, sus abuelos. Yo creo que no es culpa de ellos, sino que han heredado una mentalidad”, agrega.

Milagrosa cajita de tiza

Cuando Elisa tenía diez años, su familia volvió a la hacienda para buscarla. “Han recapacitado, ellos me han buscado”, dice.

Al principio estaba enojada. “¿Por qué no me han matado cuando he nacido?”, les reprochó. Pero una vez en su pueblo todo cambió. Había una escuela que sus hermanos visitaban y a ella le encantó la idea de aprender a leer y a escribir. Empezó a organizarse en un centro de estudiantes desde el cual exigía que los profesores trabajaran con seriedad.

“La mía era una comunidad muy abandonada y empezamos a cuestionar. Los profesores hacían lo que querían, a veces se perdían semanas y no había quién reclame y ahí empecé a hacer una organización de estudiantes y presentábamos propuestas. La educación era muy atrasada; la mayoría tenía entre 18 y 22 años en secundaria”, cuenta.

Más tarde, algunas alumnas que ya sabían leer y escribir se propusieron ayudar a otras mujeres jóvenes que no podían estudiar porque debían atender a sus familias. “Un día hubo un festival en el colegio que organizó mi municipio; nosotras bailamos una danza originaria y ganamos unas cajitas de tiza y una pizarra. Ahí empezamos a hacer una escuela en la casa de mi papá para las mujeres que no habían podido ir al colegio para aprender”, rememora. Alguna gente de la comunidad no veía con buenos ojos las actividades de Elisa, pensaba que las mujeres no debían estudiar. Pero esta vez su familia le brindó todo su apoyo.

Con el tiempo, Elisa se hizo parte de la organización de las “Bartolinas” y empezó a convertirse en líder. Hoy viste sus ropas tradicionales porque para ella es importante mostrar quién es y de dónde viene.

Contra el patriarcado
Uno de los actuales desafíos de Elisa Vega es buscar alternativas a la educación patriarcal y machista que reciben los jóvenes en instituciones educativas y, sobre todo, durante el servicio militar.

“En el servicio militar es donde más existe esa formación machista y patriarcal y ellos han ido replicando eso contra las mujeres y se sigue reproduciendo. Hay que cambiar mucho”, sostiene.

En la noche, mucho después de la entrevista, recibo una llamada.

“Habla Elisa”, dice la voz al otro lado del teléfono.

“He estado revisando algunos documentos y he leído que los medios de comunicación suelen poner a las mujeres como víctimas. Te pido que no me pongas como una víctima”, dice.

Le prometo que lo intentaré, pero que sí abordaré su niñez, porque tal vez alguien lea esta nota mientras un niño de ocho años le lustra los zapatos o recoge la taza donde acaba tomar el café de la mañana. Y porque dentro de 20 años quiero hacerle una entrevista a ese niño y que no llore mientras hablamos.


He estado revisando algunos documentos y he leído que los medios de comunicación suelen poner a las mujeres como víctimas. Te pido que no me pongas como una víctima, dice.

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